Extracto de uno de los capítulos de la novela "Guerra ha de haber" que, en forma de relato y bajo el título de "Conversación con el olvido (un fragmento)", resultó ganador del Certamen Juventud y Memoria Histórica 2006.

Apunté una de mis mejores sonrisas, no tanto por la última frase como por su comentario previo sobre el aroma de los libros y de la tierra arrancada del exilio. Juan Donaire disimulaba el olor que desprendía su vejez con una rara colonia que no pude identificar, quizá importada de Inglaterra, en todo caso inconfundible en la mezcla con su decrepitud y con el tabaco que no cesaba de fumar. Para mí ese olor, que a menudo se adhería a mi ropa con preponderancia del tabaco, equivalía a verle sentado en su casa de donde apenas salía, paciente con mis preguntas, generoso en sus respuestas, juguetón siempre con el lenguaje y conmigo.

–No querrás que te aburra con el inventario completo de las penalidades que atravesamos. A Turai le perdimos la pista cuando dejamos Gurs, creyendo que para no volver a verle jamás. Le trasladaban a un campo alemán. Sin embargo, leí en alguna parte que tuvo la fortuna de escapar, permaneciendo en Francia unido a la Resistencia. Prácticamente la misma historia que yo, podría decirse. Luego regresó a su país y se convirtió en cineasta además de continuar con su oficio de fotógrafo. Murió en los noventa. Pero todo esto ya lo sabrás, ¿no es cierto? Eres una buena investigadora. Hubiera querido verle de nuevo, al bribón de Turai.
–Llegué a hacerme con una de sus películas, pero no tenía nada que ver con mi propósito, como era de esperar. ¿Quién era ese Sol de quien me hablaba antes?
–Sol. Tiene gracia porque hoy no sé de nadie que se llame así, salvo en las mujeres que lo usan como apócope de Soledad. Sol. Su nombre al igual que él desaparecidos, convertidos en fantasmas. Me contó que su padre le puso ese nombre en rebeldía hacia los curas, de forma que Sol fue uno de los pocos niños de aquella época que no constaba en registro bautismal alguno. Todavía era un niño cuando le conocí, no llegaba a la mayoría de edad, y supongo que también lo era yo, algo mayor pero igualmente entusiasta y atolondrado, orgulloso de mi incorporación al Servicio de Bibliotecas del Frente. Por su lado, Sol tomó parte en la guerra antes incluso de que comenzara, con sus dos hermanos intervino en el asalto al hotel Colón de Barcelona, conocerás ese episodio –no era así y apuesto a que él lo suponía, pero se deleitaba escuchando mis requerimientos para que continuara hablando, formaba parte del juego. Reconocí mi ignorancia y formulé la subsiguiente pregunta, que quedó suspendida entre nosotros unos segundos mientras Donaire aprovechaba la pausa para reanimar su pipa apagada, un ritual que le pertenecía como a mí ordenarme el pelo, una de esas costumbres maquinales que hacemos sin darnos cuenta–. Bien, me refiero al levantamiento militar del 18 de julio, que en Barcelona comenzó en la madrugada del día siguiente. Las tropas rebeldes, al mando del general Fernández Burriel, controlaron las principales plazas de la ciudad, entre ellas la de Cataluña, e hicieron del hotel Colón su cuartel general. Barcelona no tardó en ser recuperada por los militares fieles a la República, pero el afán del pueblo por derrotar a los fascistas acabó en tragedia, cuando un nutrido grupo de obreros anarquistas, anticipándose a las tropas leales, penetró en tromba en el edificio, con un coste tremendo en vidas. Sol se encontraba entre ellos, creo que allí resultó herido de gravedad uno de sus hermanos. Ya no pudo ni quiso dejar de luchar por la revolución, enrolado primero en las milicias y luego, a regañadientes, como soldado regular cuando aquéllas fueron disueltas. Nos encontramos en el treinta y siete, cuando todavía había esperanza, en una de mis primeras excursiones al frente con el servicio de bibliotecas.
Aunque seguía atenta sus palabras sin apenas levantar la vista del cuaderno, dejé que la grabadora hiciera su trabajo para concentrarme en los gestos de Donaire. Tenía la mirada absorta, enfocada mucho más allá de las volutas de humo, tan lentas que parecían despedidas por sus propios viejos pulmones. Los ojos brillaban al compás del tabaco, con un fulgor del que ya no quedaban sino ascuas. Pero toda su pasión se reunía en una media sonrisa apenas dibujada que no abandonaría en ningún momento, ni siquiera para saborear la pipa. Era un tenue amago de sonrisa que sólo pude verle durante aquellas conversaciones, un gesto que parecía decir "lo recuerdo, estuve allí y, sobre todo, a alguien le importa".